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Golpes de mar de Antón Castro

JOSÉ LUIS MELERO PRESENTA GOLPES DE MAR

JOSÉ LUIS MELERO PRESENTA GOLPES DE MAR

El escritor, bibliófilo y consejero del Real Zaragoza escribió este texto para la presentación de "Golpes de mar" de Antón Castro.

La fotografía es de José Antonio Melendo: en ella vemos a Malcolm Otero, José Luis Melero y Julia Millán.

 

Aunque este libro de relatos (16 relatos unidos por dos elementos principales: el mar y la mujer, pero también el sexo y la pasión, y por muchos personajes que van apareciendo en unos y otros cuentos y le dan al libro un hilo de continuidad) hubiera aparecido sin firma, aunque el nombre de Antón Castro no hubiera figurado en la cubierta, ni en la portada, ni en la contracubierta (que ya hubiera sido por cierto hazaña singular que hubiera acabado costándole el puesto a nuestro amigo Malcom), hubiéramos adivinado enseguida que este libro era de Antón Castro, que no podía ser de otro que no fuera Antón Castro, por las razones que a continuación les expongo:

PRIMERA: porque los personajes no se llaman Antonio, Cristina, Carlos..., como a cualquiera se nos habría ocurrido (pensemos –por citar un libro- por ejemplo en la última novela de Ignacio Martínez de Pisón, en el que las protagonistas se llaman María, Carlota y Paloma), sino Outono, Buxán, Urbano Lugrís, Sabela, Antía, Graciela Gestal, Delfín Gobantes, Airas Padín, Caitán Airas, Gomesende Padín (sin duda mi preferido entre los varones), Pacucha Esmorís (la mejor entre las señoras), Airas Esqueiro, Lina Morgades, Amenedo, Bastián, Tristán y Golmar Fortesende, El rey Ornos y su hija Eumede, Cidre Oután o Lelo de Monteagudo (que no se sabe si es que era lelo de verdad o es un nombre autóctono de Baladouro). Sólo él podría llamar así a sus personajes.

SEGUNDA: porque los lugares donde se desarrolla la acción no son lugares en los que ustedes y yo desarrollaríamos una acción: Zaragoza, Barcelona, Madrid, Londres o Nueva York. No, no. Son la playa del Caracol y su apéndice menor el Caracolillo, las islas Sisargas, Anzobre, Campolongo, la ciudad sumergida de Ornia, Fortimbrás, Artín, las cimas de Malvís, Hervedíns, el pazo de Viñán, la playa de Orzán, donde se había suicidado el poeta Aurelio Aguirre, la playa de Marburgo y por fin el triple salto mortal: Tirnagoescha, que quiere decir “la tierra de los pájaros sonrientes”, la isla más hermosa del mundo, aquella que creó Dios para darla como dote a la hija de un rey irlandés llamada Kathryn.

TERCERA: por las frases rotundas marca de la casa, aquéllas que sólo él podría haber escrito: “Cuando los vientos enloquecen, nuestra casa es la única que no retumba, tal es el poderío de los huesos de ballena”, “Todos venían después de cenar para ver la belleza alicaída de Olga, la camarera, que, decían, había sido amamantada por las yeguas salvajes de Loureda”, “Era enigmática, delicada, amorosa como las ciervas del bosque”, “Día tras día nos arrodillábamos ante el árbol envejecido. Arrugado como nuestras almas. Encorvado sobre nuestro llanto”, “Era una página llena de profecías y aforismos en la cual sonaba el piano con melodías de gaviota que bate sus alas sobre el espigón del mar” o “En la ribera de Caión y Baladouro se piensa que el alma de los marinos muertos en plena mocedad se traslada al tronco de un árbol de la orilla y anida en él como si fuese un pájaro”.

Y por su especialísimo humor, ese que hace que uno se sonría -o se ría a carcajadas- en medio de tanta pasión: “Rosa Cruz de Loureda tenía un hermano loco, Sesé, y siete caballos en el monte”; o cuando Valentina pasea con Eduardo por la playa del Orzán, toda vestida de negro, y le dice tras abrirse la blusa negra “Cómeme el corazón”; “El mendigo Lelo de Monteagudo, que sabía mucho de geografía porque había estado tres años pidiendo limosna por Francia”; “el albéitar de Vilarnovo García Buño de Listera, experto en las costumbres y las lenguas de los animales, a los que trataba siempre de usted”; “Pureza Canelo de Preguín, especialista en el árbol genealógico de los duendes y los trasgos”; “Estaba el mar en calma, con el agua convencida”; cuando Graciela, en la carta que manda a Pradieso, escribe al describir su físico que tiene “los ojos verdosos como lo pinos que me vigilan a diario mientras paseo por la playa” o cuando la propia Graciela le dice al cura, al que se acaba de beneficiar, “¿quién te enseñó a ti cómo se monta una mujer? La mejor es cuando en Vida infame de Tristán Fortesende éste sólo puede hacerle el amor a su mujer destrozándole los vestidos, casi simulando una violación. Después de unos cuantos e intensos encuentros amorosos, Flora, que todo lo acata con resignación, tiene que decirle a su esposo: “Me estoy quedando sin ropa”.

CUARTA: porque ya nadie sino Antón escribe libros de amor, de muchos amores. Porque todo el libro es un canto al amor: al amor incestuoso que siente Clara por su hermano Alexandre, al que siente Alba Fontán por el marino Adrián Seoane, al del cura Leonardo Berdún por Graciela Gestal, al de los hermanos Fortesende por Antía, al de Elba por el marino Alfonso, al de Eduardo por Beatriz de Sousa en la Laboral, al de Antía por Gomesende Padín. Prácticamente todos los cuentos son cuentos de amor.

Y porque nadie sino Antón es tan generoso como para dedicarle todo un cuento, El hermano que le inventé a mi hermano, a otro escritor, Manuel Rivas, a quien le confiesa su admiración y de quien llega a decir –por escrito, no lo olvidemos, que eso siempre compromete mucho- que es la mezcla alquímica de A. Cunqueiro, Dieste, Berger y Camus. Es harto infrecuente encontrar a un autor que elogie así en un libro de ficción a otro autor vivo, de su misma generación (sólo dos años mayor), porque hay muchos que piensan que si elogian la burra del vecino a ver cómo van a vender luego la suya. Antón no es de esos, todos lo sabemos, y sólo por ese gesto de generosidad y quizá de candor hubierámos también adivinado que el libro sólo podía ser suyo.

QUINTA: por la extraordinaria intensidad dramática que alcanzan algunos de sus relatos y que pocos como Antón están en condiciones de poder lograr. Pensemos sobre todo en Vida infame de Tristán Fortesende, en el que el hijo de Tristán y Flora Magán muere a los cinco años aplastado por las yeguas en el establo. Sus padres lo entierran junto a una higuera y allí acudía Tristán, su padre, cada atardecer a contarle cuentos. Más tarde el propio Tristán será asesinado por tres hombres que llevaban años buscando al ladrón de caballos que él era, y su viuda lo enterrará también bajo la higuera junto a su hijo. Y pensemos en Cartas de domingo al más allá, que narra la muerte de Alfredo Ares mientras recogía percebes. Su viuda y sus hijos, durante más de 25 años, lanzaron botellas al mar con mensajes para su esposo y para su padre. Le mandaban fotos y dibujos, cartas, comentarios del último partido de fútbol, noticias del desastre del Urquiola, del Prestige...

SEXTA: porque a nadie sino a él se le habría ocurrido describir las fogosas relaciones sexuales entre el cura Leonardo Berdún y su casera Graciela Gestal, nada más y nada menos que en el Pirineo aragonés, en Pradieso, cerca de San Chuan de Plan. “Leonardo -escribe Antón- se reveló como un amante entusiasta, que añadía a diario nuevos matices a su idolatría sexual: caricias, posturas, lugares, gusto por la lencería, abluciones conjuntas y un desparpajo que asombraba a Graciela” Y aquí viene lo mejor: “Aprovechaban (se refiere al momento de hacer el amor) la hora de acostarse y de levantarse y seleccionaban el despertador a una hora de la madrugada, las cuatro o las cinco, instante en que reemprendían aquel gozoso y desbordado afán, aquel concierto de gemidos, que le recordaba a Graciela el mar de todos lo naufragios”. En esos instantes Graciela le llamaba al cura “mi león”. Quién sino Antón es capaz de escribir esto. A lo mejor se pone de moda eso de poner el despertador a las cuatro o las cinco de la mañana para darle un gusto al cuerpo. Yo les confieso que por si acaso seguiré con los horarios tradicionales.

SÉPTIMA: porque sale la médica Carmela Gascón y todos naturalmente pensamos en Carmen, su mujer; y porque salen también el fotógrafo Patricio Julve y los pueblos del Maestrazgo tan queridos por Antón: Cantavieja (con una Casilda Daudén pidiendo a Seara de Castro que le haga fotos desnuda para mandárselas a su novio a Venezuela), La Iglesuela del Cid, Mirambel, Villarluengo... Y porque salen Zaragoza, las Murallas Romanas, La Posada de las Almas, la calle Pabostría..., y todos imaginamos que Antón, que tanto ama a esta ciudad, le ha querido hacer un homenaje más, otro de los muchos que le ha hecho en los últimos 25 años.

OCTAVA: porque vuelve a insistir en Una lección de fotografía en que se bañaba con su madre en la playa de Combouzas entre delfines que se acercaban a la orilla. No me lo creeré jamás, aunque me lo jure ante la tumba del gran Patricio Julve. Como eso de que a su padre le salían a recibir las ranas al camino.

NOVENA: porque sólo él podría imaginar un cuento como Antía y el fantasma del mar en el que la protagonista, Antía naturalmente, que está todo el rato diciendo que está locamente enamorada del marino desaparecido Gomesende Padín, se entrega a todos los marinos y balleneros que llaman a su puerta, con el pretexto de que le recuerdan a él. Cualquiera de nosotros hubiera pensando que la buena señora era sin más un poquito rijosa y casquivana, las cosas como son, (lo cual no sólo no tiene ninguna importancia sino que está muy bien sobre todo si uno va a ser el objeto de esa rijosidad) pero Antón no. Para Antón es el modelo de fidelidad. Sólo porque les decía a los balleneros: “Tú serás Gomesende durante el amor”. Así es fiel cualquiera. Esto sólo se le podría ocurrir a él.

DECIMA: porque en Memoria de Elba la protagonista sueña con su marido Alfonso, que está siempre navegando, y de pronto se queda embarazada. Así, por las buenas, en un sueño. El marido, como es natural, no se traga lo del sueño y, convencido de la infidelidad de su mujer, no vuelve jamás. Elba, cansada de esperar, se desvaneció y se convirtió en roca, una roca que representa el cuerpo desmayado de una mujer. No hace falta que les diga que nadie sino Antón es capaz de escribir esto. Por tanto hubiéramos reconocido el libro al instante. Y porque tampoco nadie sino él es capaz de narrar así que ha descubierto a sus padres haciendo el amor en el último cuento del libro, Cartas de domingo al más allá: “Y vosotros estabais allí con un amor constante que no parecía debilitarse. Te diré algo que sólo un hombre puede decir a otro: en tu última noche en casa, sé que hubo movimiento, locura, ardor. Oí a mamá, te oí a ti, me despertaron vuestros suspiros, la respiración acelerada y violenta, los susurros, esas palabras que nunca entiendes del todo -suenan siempre como a cochinadas intraducibles- y que se tragaba el viento loco de la madrugada. Creo que me dormí de felicidad”. Esa ternura y delicadeza al hablar del padre también es patrimonio de Antón.

UNDECIMA: porque como hemos visto un libro que combina pasión, humor, prosa de altísima calidad, ficción e imaginación a raudales, literatura, en fin, en estado puro, sólo podía ser obra de algunos pocos. Y ya con ese mundo personal que mezcla fantasía, leyenda y realidad, que mezcla lo lírico con lo narrativo, con ese imaginario gallego, con ese Macondo particular que es Balodouro y Caión y el mar bravío de Barrañán, tenía que ser a la fuerza obra de Antón Castro, heredero natural del mejor Dieste y del mejor Cunqueiro.

Y DUODECIMA: Porque hubiéramos reconocido a Antón en las palabras que él mismo dedica a Pedro Portegaza, alias Pero da Ponte, el protagonista de Ballenas, uno de los mejores cuentos del libro, cuando se le distingue con el Premio Nobel de Literatura por “una escritura suntuosa e imaginativa que recupera las leyendas del mar, el enigma de las ballenas como símbolo de tiempos idos, sin renunciar a la exposición de los conflictos eternos del hombre dentro de una producción breve, pero excepcional”. Así es la literatura de Antón, así de excepcional es este libro y este hombre que vino hasta aquí para enseñarnos a los aragoneses a amar a Aragón. Compren corriendo Golpes de mar. Será como viajar a los lugares míticos de Galicia, como escuchar el rumor de las aguas, oler el salitre, volar con las gaviotas, bañarse con los delfines, hablar con los balleneros, conocer ciudades sumergidas... y todo por unos pocos euros y sin salir de casa. Que lo disfruten.

 


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