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Golpes de mar de Antón Castro

Magda Díaz Morales habla de Golpes de mar

Se acaba de publicar Golpes de mar (Destino: Col. Áncora y Delfín, 2006) del escritor y periodista, Antón Castro. Muchas felicidades.

Su autor empezó a escribirlo hace 23 años, podemos imaginar todo lo guarda en sus páginas:

Hace 23 años escribía en el papel de estraza que envolvía los cartones de bingo y aprendía a escribir a máquina en una Olivetti inmensa, con carro doble, bien pesado. Y leía desaforadamente a los escritores gallegos -Dieste, Cunqueiro, Otero Pedrayo- y a otros narradores que me cautivaban: Mercè Rodoreda, Isak Dinesen, Borges, Poe.

Éste es el libro que contiene mi mejor autobiografía de escritor, con otro que se titula "El sembrador de prodigios".
Es "Un libro, dice la Editorial, ente los relatos y la novela que indaga en el alma de unos personajes surcados por la mar, la soledad y el amor. Este libro es mucho más que historias de mar, de personajes recios y sensibles, de amores y de vidas saturadas de salitre. Traspasa el relato de naufragios, de esperas y de redes. Golpes de mar es un conjunto de relatos que rota en torno a una población pesquera de las costas coruñesas en el que los personajes pasan de un relato a otro, ganando o perdiendo protagonismo, y nos dejan ver unas entrañas que Antón Castro desmenuza con alta pericia literaria. Con un estilo desnudo y sin superfluos afeites, Golpes de mar está tejido con una prosa de contundencia conmovedora y de una belleza deslumbrante". Quienes vivan en Madrid podrán disfrutar de su presentación el próximo viernes 17 de noviembre.

"El paseo de la viuda", fragmento:

Si hubiese tenido que definirlo en dos palabras, Graciela habría dicho: “Apacible y frágil”.

Aunque pronto comprobó que se había quedado un poco corta. Y añadió el epíteto “ardoroso” porque no tardó el sacerdote en desplegar lo que debió ser su verdadero plan. El acercamiento que pasó a ser acoso, el chantaje emocional que derivó hacia la conquista, la tentación que condujo a la lujuria. Al principio, él fingía espantosas pesadillas, decía que la habitación se llenaba de sombras vacilantes y de gritos, le reclamaba con toda urgencia un vaso de agua, un instante de compañía, un pañuelo humedecido que aplacase sus febriles sienes. O le pedía que se sentase al pie de su cama y le relatase historias de su país, de aquel mar lejano del que venía, de naufragios o de aquellos frailes jesuitas que destazaban las ballenas de Caión en el siglo XVIII. Casi sin darse cuenta, Graciela Gestal empezó a compartir cama con Leonardo Berdún sin apenas encontrarse entre las sábanas. O encontrándose sólo con las espaldas frías, con los muslos, con las rodillas. Pero hubo un día en que el deseo de ambos se concentró en un punto: en los ojos, en la piel o en toda la cama, y allí ocurrió lo que tenía que ocurrir, lo que Leonardo siempre ansió que sucediese, aquello que la propia Graciela soñó alguna vez ante las olas, entre carta y carta, tal vez inconscientemente. Cuando acabaron, temblando aún, a Graciela se le escapó una frase vulgar: “¿Quién te enseñó a ti cómo se monta una mujer?”. Era la primera vez que lo tuteaba.
En su blog Apostilla literarias

 

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